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LA VERITAT SENSE CASA

Este es el título del primer poema de Alta Provença, el último libro del poeta catalán Antoni Clapés. Todos mis afanes filosóficos tras la verdad de la verdad, un esfuerzo sostenido y frustrado a la vez por las palabras y teorías de muchos siglos, me parecen ahora haber conducido a la concisión poética de esta frase. Porque, más libre hoy de la angustia de las influencias, eso es lo que me atrevo a pensar sobre la verdad. Claro está que, como filósofa, yo necesitaría muchas más palabras para decirlo. Para decir que, pese a todos los cuidados de la tradición por construir una casa con fundamentos seguros y duraderos para la verdad, al final se sabe que no hay abrigo posible para ella, que si luce, debe hacerlo a la intemperie y en la superficie, que debe renunciar a la claredat per ser diàfan… Que sólo luce en el gran silenci del bosc – en la llum blanca de la pedra. Hoy nos reconocemos mejor en la metáfora de los espacios inhabitados, de los senderos que no llevan a ninguna parte que en la de los cimientos y los edificios. La filosofía discurre sobre la verdad pero es la poesía la que la dice. Y, paradoja de paradojas, la dice para decir que no hay palabras para decirla.

Creo no caer en reduccionismos si encuentro en esta experiencia la raíz de la que brota y se nutre el árbol entero de la poesía de Clapés, cami de silenci per on / arriben els mots. Baste con señalar, a lo largo de sus versos, la presencia reiterada de algunos términos clave, siempre los mismos, siempre ecos de aquel silencio primordial o final que su voz quiere hace sonar: sombra, ausencia, nada, luz invisible, un decir que es callar, poema / camino, itinerario sin huella, desierto, soledad, exilio. Todo para dar palabras a una experiencia poética que a su vez presta lenguaje a la prosa semiafásica de una de nuestras intuiciones comunes más inquietantes, el saber que no sabemos, que el viatger no sap, que oneja l’estendard dels mots / a la riba obscura del sentit. No es no voler dir res / ans gosar dir el no res.

Esta experiencia personal –resumámosla en una pregunta vertiginosa de alto linaje lírico y filosófico: ¿porqué el ser y no la nada?– responde a un pathos que, de la teología negativa a la mística, tiene antecedentes poéticos insignes en la historia del espíritu. Dios se muestra por su ausencia, invocaves déu en el fred / de la llum darrera. // I ell ni tan sols / era (en) / el silenci, y el camino del místico lo adentra en “el centro enjuto de su nada”: un sentimiento tal creó el espacio de esa noche oscura del alma donde florecieron los más bellos y enigmáticos poemas de la tradición occidental. Esta escucha de la propia voz en el resonar del silencio, como pide Clapés, abre una doble interioridad, la del poeta y la del lenguaje, que ofrecen el único hospedaje fiable para una verdad sin cobijo: fiable porque no intenta encerrarla en la seguridad de unos muros fijos sino que la expone a la misma apertura que confronta al poeta y a la poesía con sus propios límites. Los confines del yo –lo otro y el otro– y los confines de la palabra, esa zona atonal de lo no dicho, lo no decible, lo siempre por decir que está en el origen de todo lenguaje, un finisterre donde se deja oir el so de les hores percudint / el silenci blanc del paper.

Los senderos personales que conducen a esta particular coloración existencial de la vida y del lenguaje rielan, velados, en los poemas mismos. A cada cual el intento de descifrarlos. Yo me pregunto más bien por las múltiples determinaciones e incidencias culturales que confluyen en ese núcleo conceptual e idiomático tan insistente, cuya expresión poética le pide a Antoni Clapés escribir, una y otra vez, poemas que es buiden de paraules / per allotjar-hi el silenci. Aparte del largo alcance de estos temas en la historia misma de la poesía, tal vez quepa invocar, al respecto, los holocaustos que en el siglo pasado pusieron al lenguaje, especialmente el poético, en una situación de verdadera emergencia, en peligro de extinción por imposibilidad de encontrar y expresar sea el sentido o el sinsentido del horror. No se trataba por tanto de esa nada que preña al silencio o, según Bataille, nos entrega a la exhuberancia metafórica como ningún otro sentimiento. La poesía, la entera literatura, se enfrentó entonces a un dilema no lingüístico sino moral, un enmudecimiento que impedía “hacer poesía después de Auschwitz”. Creo que Celan fue la respuesta en ergon a Adorno: el lenguaje sobrevivió, pero sometido a una conmoción semántica, una dislocación de las formas convenidas, un desencaje de las asociaciones al uso, una distorsión del sentido cuyo desmembramiento lógico, más allá de todo discurso racional, hacía obrar el no ser en el núcleo íntimo de la palabra. Si ha de reflejar el desamparo de la verdad, el lenguaje no puede separar el sí del no, el anverso del reverso. Dicho con términos de Clapés: El traç i la seva ombra. / Extreure´n l´ombra: / el poema, l´exili.

Tal es el imperativo que, creo, rige la obra de Clapés: la exigencia de decir el silencio del vacío que suena en los espacios irresueltos entre las ideas, en los intersticios de las palabras. Cosas de las que no se habla por innombrables, por omitidas, por olvidadas o por demasiado habladas: son muchos los matices de ese silencio. Está el silencio de los grandes enigmas, un sin fondo incolmable que nunca llega a decirse pero se significa. Está el silencio de los datos cifrados, de las claves que los ocultan. Está el silencio de las omisiones que, sin esconderse, sólo se disimulan tras los juegos retóricos. Está el silencio de lo que se olvida, carcoma del tiempo que signa la salud y la patología de la memoria. Lo dicho en exceso, en cambio, es lo que termina por no decir nada. El silencio es entonces un mero efecto. Y cuando todos los silencios se pervierten se visten de palabras. Silencio sobre lo que no se puede hablar porque está fuera del lenguaje; silencio sobre lo que no se quiere hablar porque está fuera de la norma; silencio sobre lo que se teme decir porque lesiona el narcisismo de la persona, de la nación, de la cultura o de la especie; silencio sobre lo que es tan hablado que termina por no ser dicho.

¿Dónde situar el habla poética, en especial la de Clapés, en esta concisa fenomenología del silencio? Curiosamente, la respuesta resulta fácil: en la emoción del lenguaje : Exhaust / t´endinses en la foscor / de la idea, mentre / balbuceges l´emoció del poema.

Es preciso mencionar, también, en esta bien cuidada edición, el espléndido epílogo a cargo de Carles Hac Mor, cuya prosa, de alto nivel poético y filosófico, cierra el libro

NELLY SCHNAITH
Barcelona, febrero 2006

(aquest text va ser llegit durant la presentació del llibre a la llibreria Proa de Barcelona (febrer de 2006), i editat a El Rapto de Europa, núm. 8. Madrid: 2006 i a Reduccions, núm. 85. Vic: 2007)

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