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Escritura y tiempo

 

Van a permitirme que empiece estas notas fragmentarias evocando un hecho biográfico que determinó mi vocación poética y que marcó profundamente mi adolescencia —y acaso, el resto de mi vida.

Debo, sin lugar a dudas, una parte significativa de mi interés por la poesía al escritor siciliano Salvatore Quasimodo. En efecto, fue la traducción al catalán de su Obra Poètica (Selecta, Barcelona: 1961), que leí siendo un adolescente de quince años, lo que abrió definitivamente mis ojos hacia lo poético, después de haber entrevisto el surrealismo en los poemas de Vicente Aleixandre y de Federico García Lorca, y el realismo por boca de Gabriel Celaya y ciertos textos de Salvador Espriu.

Hallé el libro en cuestión —puedo recordarlo aún con todo lujo de detalles— aparentemente abandonado encima de un viejo arcón del vestíbulo de la casa de mis padres, como si estuviera esperándome allí desde siempre: sin duda alguna, el azar lo había depositado en aquel lugar para que yo me apoderara de él. Era Viernes Santo [1] por la tarde, y en la casa no había nadie. Tomé con emoción el pequeño volumen de cubiertas anaranjadas y me instalé a leer en un rincón de la biblioteca, habitada en aquella hora tan sólo por la penumbra: un débil rayo de sol —acaso el último del día— iluminaba mi pequeño territorio de placer. Cuadernos, papeles, plumas, anaqueles repletos de libros, esculturas art deco, pinturas novecentistas… eran los únicos compañeros y testigos en esa hora crepuscular.

Empecé a hojear con avidez el libro. Mis ojos se detuvieron sobre el primer poema de Acque e terre:

Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y súbitamente anochece.

Un estremecimiento recorrió mi mente y mi cuerpo. Una indescriptible sensación de gozo iba inundando todo mi ser a medida que avanzaba en la lectura de otros poemas: Oboe sumergido, Viento en Tíndari, Garza muerta, Dolor de cosas que ignoro… Me recibió un Invierno antiguo, con su forzada sintaxis, con su aparente oscuridad, con la evanescencia de fragancias recordadas, con su enigmático apunte de levedad final:

Deseo de tus manos claras
en la penumbra de la llama:
sabían a roble y a rosas;
a muerte. Invierno antiguo.

Buscaban el mijo los pájaros
y de repente eran de nieve;
así las palabras.
Un poco de sol, una aureola de ángel,
y después la niebla; y los árboles
y nosotros hechos de aire en la mañana.

Poco a poco se fue desvaneciendo la luz del atardecer y el silencio empezó a roer la oscuridad. Mi conciencia ya se hallaba entonces muy lejos de aquella biblioteca vacía, como si hubiese sido transportado a otro tiempo, a otro espacio. La sensación de bienestar daba paso a lo que creí que debía ser la plenitud de la felicidad.

Pensé si habría hallado el gozo —y el misterio— de enfrentarme al duende que desde hacía un tiempo me perseguía. O, acaso, la certeza de haber encontrado lo que a mi entender constituye la esencia de lo poético: la pura emoción de un instante hecha materialidad en la palabra. Comprendí que poetizar consiste en la búsqueda de la palabra desnuda y esencial —como buscan su alimento los pájaros del poema. Que todo, en esa vida que justo empezaba a vivir, sería tan fugaz, tan efímero, tan etéreo como el tiempo de aquella lectura. Pero intuyendo la existencia de otra medida del tiempo, más allá de la sucesión de los instantes que conforman la percepción de una existencia. Un tiempo que habita lo profundo, lo que se halla más allá de lo aparente: el tiempo de la poesía.

Había iniciado un viaje sin retorno hacia mi mismidad, hacia la búsqueda de un paraíso recién intuido, por donde caminan

ángeles, mudos, conmigo
no tienen respiro alguno las cosas,
trasmudada en piedra toda voz:
silencio de cielos sepultados.

Entonces no lo sospechaba, pero estos “ángeles, mudos”, serían futuros compañeros de un viaje inacabable, como lo serían los ángeles de Valente —en ese espacio suspendido entre el vacío de lo oscuro y la luz—, o los enigmáticos ángeles que aprueban la felicidad y la gloria que cantó Rilke en las Elegías de Duino.

“Trasmudada en piedra toda voz”, o la permanencia de lo leve, de lo fugaz, que más tarde leí en el Soneto LV de Shakespeare:

Ni el mármol ni los áureos monumentos
durarán con la fuerza de esta rima

y en el terceto final del Soneto de Quevedo dedicado a Roma:

¡Oh, Roma, en tu grandeza, en tu hermosura
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura!

La poesía había fracturado el sosiego de la lógica en la que había vivido hasta aquel momento, despertando en mí la conciencia de una vida nueva y de un tiempo nuevo. Había comprendido que la poesía habla, al mismo tiempo, de la superficie de las cosas y de su profundidad.

Ahora sabía que la poesía había empezado a habitarme para siempre y que jamás me abandonaría.

Esta pequeña narración autobiográfica quizá sirva de marco poético para ilustrar el tema que hoy nos ha convocado: la relación entre el tiempo y la escritura. Y nos introduce porque la poesía de Quasimodo y los otros poetas del ermetismo (Ungaretti, Montale, Luzzi) representa, en mi opinión, el conjunto de voces que mejor han expresado los problemas del hombre de su tiempo —que es el nuestro—, significados en la fugacidad, la inmediatez y la fragmentación como características del vivir presente y, en consecuencia, de la poesía contemporánea.

Porque, en efecto, nada hay más efímero que este “rayo de sol” —verdadero fulgor de un viaje instantáneo de la luz a la sombra— que determina los límites de toda una existencia. Y, tal vez, el fragmento sea la manifestación más brillante del paradigma de la pérdida de la integridad y globalidad del mundo ilustrado y moderno —de su unidad, en definitiva—, que los románticos ya anticiparon y reivindicaron (Novalis, especialmente).

El cuadro Carnaval de arlequín de Joan Miró es la imagen del poeta moderno obligado a descomponer en fragmentos, como en el mundo de los sueños, la unidad aparente de las cosas: una nueva vía de conocimiento.

La realidad sólo es accesible a trozos, en una especie de puzzle, que Abbas Kiarostami ha sabido ilustrar de forma preci(o)sa:

El cielo se fragmenta
en el espejo roto

 Aquello que marcó, de una manera especial, la modernidad poética fue pérdida de unidad del mundo al que tenía como referente y, consecuencia de ello, el inicio de la indagación sobre el sentido del lenguaje. La “muerte de Dios” nietzscheana labró un aterrador vacío en la conciencia del hombre, que a partir de aquel momento ya no dispuso de ninguna certeza donde apoyar su discurso existencial. El territorio del intelecto perdió su unidad para devenir un páramo fragmentario.

El “gran relato” cedió el paso a textos breves —gritos lanzados en la noche—, de anotación fugaz, como manifestación de la unidad perdida. Roberto Juarroz interpretó de manera precisa esta fractura:  

Y hablar entonces con los fragmentos,
hablar con pedazos de palabras,
ya que de poco o nada ha servido
hablar con las palabras enteras.

La poesía de la contemporaneidad —aquel hilo invisible que podría agavillar, pongamos por ejemplo, a Juarroz, Valente, Bonnefoy, Serrallonga, Char, Gamoneda, Celan, Brossard, Michaux o Bachmann— es, sobre todo, una cuestión de lenguaje. Porque la poesía es la dimensión última de todas aquellas cosas que no pueden ser dichas de otra manera y que se nos escapan. Una actividad que trata de hollar por unos instantes el espacio de lo indecible. Una arriesgada tentativa para acceder al territorio de lo ignoto —y, aún, de lo des-conocido—, de la opacidad, sabiendo que no se puede decir nada —suponiendo que haya algo para decir— sobre aspectos fundamentales que asedian la vida humana.

Un transitar, en definitiva, por las grietas del lenguaje —o quizá un provocar estas grietas por medio de su fractura— para llegar a hablar (oscuramente) de cosas que no se terminan de entender.

Toda poesía es luminosa, incluso
la más oscura. Es el lector quien a veces

tiene, en lugar de sol, niebla

en su interior. Y la niebla

jamás deja ver claro.

(Eugenio de Andrade).

 

 ¡Cuán tenebrosa debe nacer
la palabra que en mi valga alguna cosa!

(Segimon Serrallonga).

La poesía será el último refugio donde puede tener lugar la acción del héroe moderno: la autonomía moral para imaginar un nuevo orden y la necesidad de buscar un nuevo espacio desde el que pensar y escribir. Donde habitar un tiempo distinto.

Dos figuras, en el contexto de nuestra civilización, encarnarán este papel en los albores del siglo veinte: Baudelaire, cuya poesía difunde una nueva moral para el poeta, y Mallarmé que con su juego de dados atraerá, por un igual, tanto la decisión a favor del silencio como el replanteamiento del sentido de la escritura, anticipando el fragmento como metáfora de la pérdida de unidad.

 

El tiempo —esa convención que nos hemos dado para simbolizar los límites de la duración y para singularizar el instante presente—, constituye la distinción más comprensible y profunda de lo humano y terrenal frente a un hipotético más allá, que pertenecería al reino de lo eterno —o lo que es lo mismo, a la propia negación del tiempo. El tiempo de nuestra percepción (kronos) nos proporciona la conciencia de lo efímero [2] de todo, especialmente, de lo humano: del amor, del placer, de la verdad. Nuestra propia vida puede ser pensada y comprendida como un continuum de instantes efímeros: el anterior y el posterior a este mismo presente —efímero, él mismo, por naturaleza. Heidegger lo describirá con estas palabras: “El presente: apenas nombramos esta palabra y ya estamos pensando en el pasado y en el futuro, el antes y el después, a diferencia del ahora”.

Todo es ahora y nada.

(Joan Vinyoli)

A una rotación completa de la tierra entre dos noches le llamamos día: la medida del tiempo que no ha cambiado jamás desde el inicio de los tiempos. Un día es el tiempo que dura la rosa de Ronsard. O ese concepto de Paul Valéry que condensa toda una vida en un solo día que no podemos volver a vivir, que se nos escapa como si nos rehuyera.

Frente al tiempo humano entendido como sucesión infinita de instantes, ese kronos implacable que Baudelaire describe como “el enemigo vigilante y funesto, el oscuro enemigo que nos roe el corazón”, alza la voz kairós: la dimensión temporal de calado hondo, es decir, de medida humana.

Es esta dimensión a la que Bergson llamó duración (durée), la que habita el poeta: el tiempo interior, subjetivo, ligado a lo profundo. Así, el poema debe “transportar” (metaphora) al lector “más allá” de kronos, hacia el territorio de la duración, kairós.

Y es ese tiempo el que descubrí en la lectura de Quasimodo con la que he empezado la exposición.

Una de las imágenes, a la vez sorprendente y paradójica, de efemereidad y profundidad la proporciona el jardín zen: ese espacio habitado por la sombra y por el vacío, por arena rastrillada una y otra vez, por musgos lentos, por líquenes detenidos en el ayer; por enigmas.

Un espacio donde, aparentemente, el tiempo desaparece engullido por el propio tiempo, como el personaje del poema de Liu Zongyuan:

El viejo pescador pasa la noche bajo los acantilados del Oeste.
Al amanecer, enciende un fuego de bambú para calentar agua.
Cuando el sol se alza, el humo se disipa y el hombre desaparece en él.

Y, sin embargo, el tiempo está ahí, también, presente en su aparente ausencia. Lo profundo habita en la superficie.

El poema es siempre memoria, traza, historia: cesación temporal de toda lógica, verdadera iluminación transitoria que permite un entrever la vida “de otro modo” —como a través de una ténue tela— para tratar de entender —y entenderse uno mismo.

Es la mirada sobre lo fugaz y lo oculto, sobre lo provisional y lo efímero, sobre aspectos sutiles y evanescentes de la vida que resultan invisibles e inexistentes dentro de la racionalidad pura. En definitiva, el poema es el intento —sólo intento—, de trascender el tiempo fugaz e irrepetible.

Dos acontecimientos vividos recientemente reflejan, de forma análoga pero separados por siglos, la misma idea de materialidad del poema atrapando el instante poético.

La primera fue el visionado de una pieza expuesta en el Museo de Ciencias Naturales de Gasteiz, que muestra un ejemplar de la familia de los ephemeroides atrapado en una gota de ámbar, cuya antigüedad se cifra en millones de años. Como el instante mismo de la creación poética —esa fugacidad de la existencia de un ser casi invisible, cuya vida a la escala humana se reduce a un hálito— condensado en una gota de resina que ha necesitado miles de siglos para fosilizar y transformarse en una fascinante joya del color de la miel, traslúcida, que ha logrado atrapar en su materia a un instante.

La segunda, fue la asistencia al acto de presentación de una escultura de Alícia Casadesús. Se trata de una pieza que la artista ubicó en el suelo de maderas carcomidas de una estancia semiderruida situada en un paraje agreste y solitario de la Cataluña profunda. La pieza consiste en un centenar de tablas de parafina traslúcida de unos 35x20x1,5 cms, dispuestas una al lado de otra, como una sucesión de objetos inanimados. Dentro de cada una de las tablas la artista ha insertado, por oclusión, un texto, un dibujo, una fotografía… El conjunto aparenta un libro con las páginas cerradas, que el espectador, en este acto de presentación, pudo tomar y manipular a su antojo, creando su propia escultura a medida que iba leyendo el libro. Ceras de textos borrosos como metáfora de la ilegibilidad del mundo; frágiles, efímeros poemas que simbolizaban la dificultad del lenguaje para decirse; trazos imprecisos como la geografía humana; fotografías de instantes olvidados… La historia detenida, atrapada, en esa especie de ámbar blanco, a la vez, frágil y duradero, que la artista había manipulado para crear este libro circular.

De manera semejante, el haiku de tradición oriental trata de condensar en sus diecisiete sílabas toda la emoción del instante de la iluminación zen. En este poema de Kikaku, uno de los discípulos de Bashō, la sutileza del imperceptible movimiento que provoca el peso de una rana en la hoja deviene el zénit de un ahora de intensidad máxima :

Una pequeña rana
subida en una hoja de plátano:
temblor.

Este poema halla su correlato contemporáneo en un texto de Emilio Adolfo Westphalen que occidentaliza, si puede decirse, el poema japonés:

“Yo soy lo efímero —díjose— me cubriré con el poema para ocultarlo.”
Invernó así por siglos y no lo despertaron ni las indiscretas trompetas convocando a desacreditadas resurrecciones.

Para terminar estas divagaciones textuales, quisiera dejarles con el enigma y la densidad de la palabra poética de José Ángel Valente que, con la precisión de seis palabras exactas dos en cada verso, supo materializar de manera estremecedora la fugacidad de lo humano: cómo el fin del viaje es el regreso al principio, en nuestro tránsito por la nadedad —acaso la sola certeza que tenemos en esta existencia sin sentido.

Y nada
                el vuelo.
                                Y nadie.

Muchas gracias.

Antoni Clapés

Centro Cultural Español de Buenos Aires, 11 de abril de 2007


[1] En estas fechas del calendario religioso, el régimen franquista prohibía la circulación de automóviles y en las radios únicamente se permitía lo que llamaban “música sacra” —que se confundía con lo que, genéricamente, conocemos como “música clásica”.

En consecuencia, aquellos eran días extremada y extrañamente silenciosos y solitarios.

[2] Efímero, ra. (del griego ἐφήμερος, hemerós: de un día)

1. adj. Pasajero, de corta duración.

2. adj. Que tiene la duración de un solo día.

3. (Por la brevedad de vida de este insecto). f. cachipolla. Insecto de unos dos centímetros de largo, de color ceniciento, con manchas oscuras en las alas y tres cerdas en la parte posterior del cuerpo. Habita en las orillas del agua y apenas vive un día. (Diccionario de la RAE).

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